Yo, mí, me, conmigo

La verdad es que todo lo relativo al movimiento Metoo, el Día de la Mujer, etc. me parece desproporcionado y una pérdida de foco total.

Más que nada porque se confunden la igualdad de oportunidades y derechos con una apología de la liberación entendida como top less en la puerta del Parlamento, verborrea ordinaria y nada femenina, o informativos que hablan de jóvenes y jóvenas.

Y también porque son precisamente las mujeres que no tienen nada de qué quejarse (actrices, cantantes y demás famosas que, una vez que han triunfado, denuncian el acoso que callaron para escalar profesionalmente) las que más ruido hacen, frivolizando con temas realmente serios que afectan a otras muchas en la sombra.

Porque sí, efectivamente existe un problema muy serio en la sociedad, incluso sin necesidad de irse a los casos más extremos de violencia física o violación de los derechos humanos básicos (matrimonios y ventas de niñas, ablaciones, etc.).

En nuestro entorno, en nuestro día a día, hay miles de mujeres que, de una forma u otra, están sometidas, dominadas, achantadas, asustadas, ninguneadas, aplastadas, anuladas o amenazadas por diferentes figuras masculinas en su vida. Desde sus parejas hasta sus jefes.

En todos esos casos la figura masculina fagocitadora y machista es infinitamente inferior a la mujer a la que intenta engullir, que constituye una amenaza a un ego ya de por sí debilitado.

Es por eso por lo que el primer objetivo de ese macho inseguro es el de hacer creer a la mujer que no vale nada, inyectarle en vena el veneno de la duda y el miedo.

O, en otras palabras, ponerle una venda para que no pueda mirarse al espejo, tomar consciencia de su poder y su fuerza, y mandarle a tomar viento.

Este trabajo de destrucción de la auto estima es un proceso laborioso, sutil, lento y constante (gota a gota, como el anuncio del 112). Y, en los casos menos obvios (aquéllos en los que la víctima ni siquiera es consciente de estar siendo objeto de un maltrato psicológico), comienza siempre de forma aparentemente inocente, jocosa, frívola. Con ese “no te enteras” que acaba siendo un “eres una inútil”. Verbalizado o no porque, sobre todo en el ámbito laboral, los jefes más listos se cuidan muy mucho de sus palabras, pero con sus actos (despojar de responsabilidades, hacer un downgrade, o simplemente ignorar al objeto de su maltrato) lo dicen todo.

Una vez destruida la autoestima de la víctima y cuando la falta de voluntad se ha adueñado de ella, la segunda fase es la de dominarla, controlarla o poseerla, según el contexto.

En esa segunda fase, que tan devastadoras consecuencias tiene en muchos casos, no quiero meterme. Es algo a menudo demasiado dramático para ser discutido en este foro.

Pero en lo que sí me gustaría ahondar es en la comentada pérdida de autoestima a manos de un maltratador de cualquier índole.

A menudo me encuentro entre mis clientas a mujeres valiosísimas que dudan constantemente de sus cualidades como trabajadoras o como personas, simplemente porque alguien les ha dicho que no las tienen. O que no son suficientemente buenas. O que las hay mejores que ellas. O que solas no pueden. O que si intentan volar fracasarán y hasta acabarán siendo repudiadas, despreciadas o abandonadas por sus fracasos. O simplemente por ser como son.

Y ellas lo creen. Porque a muchas mujeres les resulta mucho más fácil creer lo malo que lo bueno, las críticas que los halagos.

Permiten que una (o varias) personas decidan quiénes son o pueden llegar a ser, de lo que son o no capaces, lo que pueden o no desear y esperar.

Entregan el poder a un externo de definir (o más bien destruir) su identidad, y con ello el curso de sus vidas o su destino.

Un poder que jamás debería haber abandonado sus manos.

Porque nadie, absolutamente nadie (ni hasta las personas que más queremos) debería nunca dictar las reglas de nuestra vida, disponer la dirección de nuestros pasos, o limitar la altura de nuestros sueños.

Nadie, absolutamente nadie, debería ser dueño/a ni condicionante de nuestro amor propio, nuestra estabilidad emocional o nuestra felicidad.

Esas tres cosas deberían ser exclusivamente nuestras. Tan íntimas, internas, interiorizadas. Tan core. Tan absolutamente profundas y grabadas en nuestro ADN que nada ni nadie tuviese acceso a ese código, a ese tesoro nuestro tan preciado, sagrado, intocable, imperturbable.

Eduquemos a niños y adultos (y aquí ya no hablo sólo de mujeres, sino de personas en general) a proteger su autoconfianza/estima y su equilibrio con valentía y determinación, como si les fuera la vida en ello. Porque realmente les va.

Como dijo Viktor Frankl, que nos puedan robar todo, excepto la última de nuestras libertades: la elección de nuestra actitud ante las circunstancias y la del propio camino.

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