Sin miedo

Aunque roce un poco el “falso profetismo” (es decir, lo hippy, hortera, pasado de rosca o como queramos decirlo), siempre he creído que atraemos exactamente lo que proyectamos (consciente o inconscientemente). O, en otras palabras, que el universo nos devuelve lo que le lanzamos.

Y por universo me refiero a las personas que nos rodean. A su forma de comportarse con nosotros, de tratarnos. Empezando por el respeto.

Que el amor incondicional empieza por uno mismo es algo de lo que hemos oído hablar hasta la saciedad (sí, lo oímos mucho y nos parece de perogrullo, pero el hecho es que pocas veces lo ponemos en práctica). Pero a veces se nos olvida que la base del amor incondicional es el respeto.

Mis clientes me relatan a menudo constantes faltas de respeto que sufren en su entorno laboral. Desde el llamado “ghosting” en la generación millenial (básicamente, ignorar un mail/llamada/mensaje de otra persona y dar la callada por respuesta), pasando por el maltrato sutil en forma de menosprecio, y hasta el intento de control o sometimiento a golpe de amenazas veladas.

En todas las ocasiones en las que me han contado estas historias terroríficas he visto el efecto devastador que han tenido en los niveles de autoestima, equilibrio y estabilidad de las personas afectadas.

Pero lejos de caer en la compasión o en la lástima, que sería la salida más fácil (y la menos práctica a efectos de subsanar todo ese daño), he optado por ponerles un espejo de la forma más cruda posible y sin paños calientes.

Más que nada porque ninguno de ellos está en una situación límite en la que deba aceptar cualquier cosa con tal de que no le corten la cabeza (literalmente), maten a su familia, o acabe viviendo con sus hijos menores en la indigencia. Esos serían casos completamente distintos en los que el miedo y la falta de valentía estarían totalmente justificados.

Pero en el mundo de la empresa multinacional, en Madrid, en el SXXI y con personas de alta formación, medios y múltiples oportunidades, la falta de amor propio / respeto a uno mismo es simplemente inaceptable.

No podemos evitar que existan jefes, superiores, compañeros “abusones” (ya desde el colegio), que intenten taparnos, humillarnos, retorcernos el brazo o simplemente desmoralizarnos. Por las razones que sean (inseguridad, normalmente), que en este post concreto no aplican.

Lo que sí podemos evitar, y es enteramente nuestra responsabilidad, es: 1) que dichos intentos prosperen y se perpetúen; y 2) que den su fruto y tengan impacto en nosotros a nivel personal (ese disgusto vs. falta de confianza del que Roberto ha escrito en alguna ocasión).

Y que prosperen y se perpetúen dichos abusos depende exclusivamente de nosotros. De la imagen que proyectemos. De los límites que pongamos. De las respuestas que demos a los ataques implícitos o explícitos. En definitiva, de lo que nos queramos a nosotros mismos.

Desafortunadamente, existe la falsa creencia entre la gente muerta de miedo (y el miedo es lo contrario al amor, propio o hacia otro), de que si nos mantenemos callados y tragamos carros y carretas nos salvaremos en caso de naufragio (EREs, despidos, reestructuraciones, movimientos en los departamentos, etc.). Que el jefe déspota premiará al sumiso llegado al caso.

Y no podrían estar más equivocados.

No sólo porque mientras llega o no la “ola de despidos” (ese ente indefinido que siempre planea sobre las cabezas de los empleados de muchas entidades) van a vivir un infierno cotidiano arrastrándose ante personas que los desprecian precisamente por ello. Sino también porque, llegado el momento, no tendrán garantía de nada.

Probablemente más bien lo contrario.

Porque a la hora de recortar se prescinde antes de los débiles que de los fuertes, de los pelotas sin contenido que de los líderes de opinión con conocimiento de causa, de los que se callan y se esconden que de los asertivos que se hacen ver con un buen trabajo y una buena auto-venta.

En realidad, es algo de lo más primario y animal, no muy diferente a las dinámicas entre leones. Es la ley del más fuerte siempre, del que no se deja intimidar, del que no se achanta y hace frente a los ataques con valentía, serenidad y seguridad en sí mismo.

Una seguridad en sí mismo, eso sí, basada/fundamentada en una larga lista de argumentos y hechos medibles y demostrables (sobre el desarrollo brillante de sus responsabilidades laborales y el trato impecable a iguales y subordinados) que avalen su posición (es decir, que aquí no vale ser volcánico for the sake of it; hay que ser “legalista”, factual y algo frío).

Y si se acaba por prescindir de nosotros, al menos, que muramos de pie.

Pero las probabilidades de que no sea así y acabemos reforzados en nuestra posición, son altas.

Y, si no, que le pregunten a Roberto, cuya historia de éxito está basada precisamente en el amor propio y unos valores de una solidez inquebrantable.

TO BE CONTINUED…

Comments
  • Anónimo
    Responder

    Brillante y valiente…. como Tú

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Aprender a hablar en público y comunicar en empresasCoaching Mantener la integridad ante superiores, oportunistas o pelotas siempre trae frutos a largo plazo.