Sin Miedo (II)

También yo me habría cambiado por uno de nuestros corresponsales, dejándoles a cargo de El Despacho para marcharme al más cabrón de los conflictos, donde las maldades se cometen por algo más que una promoción y tienes una mejor idea de dónde vienen las balas.

David Jiménez. “El Director”.

 

El último Post de Beatriz me ha dejado el balón botando para rematar. Me obliga a decir algo. Y lo primero que tengo que decir es que, entendiendo el cariño con el que se refiere a “mi historia de éxito basada en el amor propio y unos valores de una solidez inquebrantable”, el éxito o el fracaso es a menudo un concepto muy relativo, y sus causas (entre las que la suerte siempre se encuentra en mayor o menor medida presente) de lo más variopintas.

Lo que pasa es que el lunes todos acertamos la quiniela o, en palabras de un antiguo cliente interno de cuando trabajaba en el Santander, “a cojón visto, macho seguro”. Es muy habitual partir del resultado final y luego convertir una secuencia determinada de eventos en causas y efectos.

Imaginemos que la cineasta oficial del régimen nazi, Leni Riefenstahl, hubiera decidido filmar una segunda parte de su famoso documental sobre Hitler en 1946. ¿También lo hubiera titulado “El triunfo de la voluntad”?

No estoy tratando de echar agua al vino, ni defendiendo el relativismo extremo ni mucho menos yendo de falso modesto. Es cierto que mi relativo éxito profesional (tampoco es que llegara a Director General o Ministro) lo alcancé “sin deberle nada al César”. Pero también lo es que tampoco inventé el hilo negro: la fórmula consistió básicamente en 1) defender a los míos; y 2) no dejarme avasallar por defender un sillón. Por suerte, hay mucha gente que hace y ha hecho lo mismo toda la vida.

Ojo, muy importante: aquí superioridades morales las justas. Como Beatriz también comentaba en su Post, lo hice porque pude. No se puede juzgar desde un púlpito ético a gente que se está jugando que su hijo vaya al colegio o tenga para comer mañana. Ahí todos tragaríamos lo que hubiera que tragar.

Lo que sí es sorprendente es la cantidad de veces que gente SIN esa extrema necesidad decide optar por vivir de rodillas, amargada y sintiéndose mal consigo misma. Por eso, lejos de ser la virtud que Beatriz amablemente me atribuye, estamos hablando prácticamente de un acto de egoísmo. Algo que hago en realidad para sentirme mejor.

Nada de esto tiene que ver con ser un temerario, un soberbio o un Quijote mal entendido. En este mismo blog, y desde luego con nuestros clientes, hemos comentado la importancia de saber manejar la política presente en todas las organizaciones. Una cosa es aprender a utilizar la política, a entenderla, a manejarla, incluso a aplicar ciertas dosis de maquiavelismo en determinadas situaciones, y otra muy distinta es convertirse en un gusano, un trepa, un mezquino y una persona sin dignidad. Son cosas diferentes.

Contaré un caso concreto que viví en primera persona para ilustrar todo esto, pero antes es importante hacer una reflexión previa:

Durante muchos años los grandes periódicos de tirada nacional destacaban por distintos conceptos: el periodismo de investigación y las exclusivas de El Mundo; los editoriales de El País, auténtico cañón Berta que podía hacer temblar a gobiernos y empresas; y las esquelas del ABC (más aun que sus portadas y su formato reducido con grapa).

Las esquelas del ABC a mí me parecían fascinantes. Llevaban la vanidad más allá y al más allá. Largos apellidos compuestos, pertenencia a órdenes que parecían sacadas de los viejos relatos medievales, un sinfín de familiares políticos rogando una oración por el finado… Veamos un ejemplo, sin el más mínimo deseo de ofender a nadie y con el máximo respeto:

Excelentísimo señor Don Lorenzo Piñeyro Fernández de Córdoba Queralt y Álvarez de las Asturias Bohorques. Marqués de Bendaña y de Albolote. Barón de Molinet. Dignidad Trece en la Orden de Santiago. Maestrante de Granada. Caballero del Cuerpo de la Nobleza del Antiguo Reino de Galicia.

El hecho es que este secreto hasta ahora inconfesable de mirar esquelas (salgo del armario ahora) me llevó a una constatación que tiene que ver con lo que estamos tratando hoy. En el extremo opuesto de estas esquelas barrocas y alambicadas, auténticas obras maestras del arte funerario, es muy habitual leer otras de esta guisa:

Fulanito de tal. Abogado.

Menganita de cual. Economista.

Y ya. Ninguna otra información más. O sea, que de una persona, digamos de 80 años, que tuvo su profesión, sus aficiones, su hijos, sus mil y una peripecias vitales, lo que en el momento del deceso su familia destaca ¿es que estudió 4 ó 5 años de Derecho o de Empresariales?

Ya sé que hay excepciones en las que la profesión es en realidad una vocación que define a la persona. Seguramente en Pavarotti, Einstein o Borges las profesiones vayan más unidas a la persona. Pero para una gran mayoría de gente, lo que se estudia unos pocos años o una dedicación profesional puntual no es diferente de haber vivido en un determinado barrio o haber tenido un modelo específico de coche.

Mi primer coche fue un Renault 5. Espero que cuando llegue el momento, dentro de muchísimos años, en el caso de que alguien se animara a publicar mi esquela no pusiera:

Roberto Fernández. Renault 5. Gasolina súper.

A finales de la anterior década yo era el responsable para Europa del área de mercados de crédito en el Banco Santander. Me reportaban los responsables de Sindicación de bonos y préstamos, Ventas, Trading y Research (aquí estaba Beatriz en aquel entonces). Más de 70 personas en total entre Madrid y Londres. 100 millones de euros de presupuesto.

Me cambiaron el jefe y el nuevo nada más llegar intentó hacerme pasar por un aro inaceptable para mí. Me niego. Me amenaza. Bronca. Me amenaza con destituirme. Le digo que ahí tiene mi puesto, que haga lo que quiera. A la mañana siguiente estoy en mi sitio como todos los días pero sin trabajo. Nada que hacer mientras piensan qué hacer conmigo.

Empieza un periodo de tres meses muy instructivo a nivel, digamos, sociológico. Vi pelotas (gente pelota, quiero decir) desaparecer, “amigos” no queriendo ser vistos al lado mío o poniéndose de perfil, oportunistas “comprando barato” (“voy a tomarme un café con éste ahora que es un desgraciado, que nunca se sabe”), algunos a los que llevaba apoyando y promocionando durante años negándome como el apóstol Pedro, viejos enemigos lanzándose contra mí como buitres y, por supuesto, amigos de verdad no sólo apoyándome sino dejándolo explícito a ojos de todo el mundo aun a riesgo de caer ellos mismos en desgracia (de nuevo, Beatriz).

Pero lo mejor no fue este máster exprés en condición humana. Yo había sido desde siempre un firme creyente en todo lo que he dicho en este Post. En que el trabajo, por muy apetecible que fuera el puesto, es una circunstancia, algo pasajero no digno de ser defendido a según qué precio y, desde luego, algo que no me define a mí como persona.

Yo siempre había tenido las maletas hechas a nivel mental, siempre lo consideraba todo como una etapa más. Pero una cosa es la teoría y otra bien distinta sería comprobar qué sentiría si me pasaba de verdad. Hablar es muy fácil. Pero ¿ver los focos quitarse de ti de la noche a la mañana y pasar a ser considerado un paria o un apestado?

La buena noticia es que, por suerte, comprobé que todo era verdad. No me estaba autoengañando. Me sentí exactamente igual que el día anterior. Me dio lo mismo a nivel de autoestima la nueva situación. Ni me sentía más antes ni menos ahora. Estaba disgustado, por supuesto, pero como lo estaría si se me pincha la rueda del coche. Y al tener la oportunidad de comprobar que todo era cierto sentí, paradójicamente, no diría que una gran alegría pero sí un gran alivio, una renovada fuerza interior y confianza en mí mismo.

Cuento esto no para relatar una batallita del abuelo sino para ilustrar con un ejemplo práctico en primera persona la importancia de no dejarse definir por un puesto o profesión, de no ceder en nuestros principios (desde luego no por una posición laboral más o menos), de tener las maletas hechas, de estar preparados para dejarlo todo y cambiar de la noche a la mañana (seguramente hoy en día esto sea más importante que nunca).

Esto, aparte de un fin en sí mismo para encontrar el equilibrio personal en entornos a veces hostiles o tóxicos, resulta que, como decía Beatriz, encima funciona para seguir en la batalla. No entraré en detalles pero el hecho es que, sin buscarlo, y tras tres meses en una silla sin nada que hacer, me ofrecieron un puesto aún mejor que el que tenía antes de ser defenestrado: responsable global de mercados de capitales.

Por eso decía antes que el lunes todos acertamos la quiniela. Este final feliz de película americana podía haber sido perfectamente justo el contrario. Podría haber acabado en la calle. Habría buscado otro trabajo y ya está. El mensaje que quiero transmitir hoy aquí habría sido exactamente el mismo. Habría sentido que hice lo correcto y habría comprobado que no me sentía menos por tener un título asociado a mi nombre.

Por eso, después de 23 años en banca de inversión, me sentí tan tranquilo el día que lo dejé. Nunca he sentido nostalgia de los “días de gloria” ni me he sentido un ex nada. Por eso sólo tengo buenos recuerdos y lo considero una etapa profesional maravillosa, lo mismo que la actual.

Es más, a fuerza de ser sincero, en realidad sí creo que he tenido un gran éxito, pero no el que Beatriz comentaba en su Post. Desayunar todos los días en mi bar leyendo un libro, irme luego a hacer ejercicio al bosque al lado de casa, viajar de vez en cuando pero no a todas horas, controlar mi agenda, dar clases de finanzas y cursos de coaching, ver más que antes a mis amigos y, sobre todo, recoger casi todos los días a mis hijos de 4 y 6 años del colegio, disfrutar de ellos y no perderme su infancia. Eso sí que me permito decir, modestamente, que es un éxito. Y aquí el círculo se cierra. Para poder llegar a este puerto mi etapa en banca fue fundamental.

Pues bien, me atrevería a decir tras muchos años ya dentro de este mundo del coaching/mentoring que este tipo de éxito está al alcance de muchísima más gente de la que podríamos imaginar. Sólo hay que analizar bien la situación y tratar de perder ese miedo muchas veces abstracto y difuso que tanto daño hace a la autoestima y todo lo trastoca.

 

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