Las virtudes del enemigo

They say you have to use your five best players but I found you win with the five who fit together best.

Red Auberbach, 9 veces ganador de la NBA como jugador de los Boston Celtics, 6 como General Manager y una como Presidente.

 

Los conceptos políticos de izquierda y derecha no están tan claros ahora como hace años, como antes de la caída del muro y de El Fin de la Historia de Francis Fukuyama.

Pero, para entendernos, digamos que durante mi vida profesional me he encontrado con compañeros “muy de derechas” que se reían y menospreciaban a las personas de los sindicatos que pasaban por la oficina repartiendo todo tipo de circulares pero que luego se aplicaban a sí mismos el Estatuto de los Trabajadores a rajatabla: fines de semana libres, 24 días hábiles de vacaciones al año, permisos de paternidad y maternidad, 45 días de indemnización por despido improcedente…

Lo mismo en el lado contrario: personas “muy de izquierdas” y anticapitalistas que trabajaban en banca de inversión, especulaban en bolsa y volaban en Business con su iPhone de última generación y sus Nike fabricadas por niños en alguna parte de Indonesia. Recuerdo especialmente uno que hacía de vivir en Vallecas una virtud (?), que nos decía que siempre viviría allí (?) y que a la primera oportunidad se trasladó a un chalet con piscina en Galapagar.

Una canoa de remos como las de las regatas de Oxford y Cambridge avanza elegantemente en línea recta como consecuencia de la sincronización de los remos de la izquierda y la derecha. Si analizáramos sólo los remos de uno de los lados, obviando la existencia de los del otro, los encontraríamos totalmente inapropiados para el avance de la canoa, que se limitaría a girar sobre sí misma.

De igual forma, si uno se para a analizar individualmente al ambicioso egoísta que sólo vive para trabajar y ganar dinero a toda costa, el juicio será necesariamente negativo. Lo mismo que si nos centramos en el clásico liberado sindical que no da un palo al agua y vive del trabajo de sus compañeros mientras él se dedica a impartir lecciones de ética a diestro y siniestro. Pero el resultado de la mezcla de los dos a la vez puede ser positivo en su conjunto.

El Greed is Good (la codicia es buena) de Gordon Gekko (Michael Douglas) en Wall Street es a menudo cierto en términos económicos. Una persona ambiciosa que, asumamos siempre dentro de la legalidad, sólo piensa en ganar dinero y lo consigue aún a costa de su familia, de su salud y de sus relaciones personales, es casi con toda seguridad un auténtico cretino.

Pero si analizamos su contribución a la sociedad en términos económicos vemos que a través del casi 50% de impuestos que debe pagar o de los puestos de trabajo que genera, resulta que es una persona que contribuye muchísimo más a la sanidad pública o al mantenimiento de las pensiones que el más encantador y bondadoso abuelito que da de comer a las palomas en el parque.

Esta es la paradoja o belleza del sistema: los impresentables pueden ser tremendamente útiles. Obviamente, lo ideal para cada uno de nosotros a nivel individual es situarnos en un término medio que nos permita desarrollarnos profesional y personalmente en armonía y ser todo los felices que podamos.

Si hago esta reflexión es como truco mental para tratar de relativizar muchas de las situaciones que nos encontramos a diario: los cretinos, de uno y otro lado, pueden ser útiles si interactúan a la vez. Por eso tienen su sitio dentro del sistema. Pero, cuando los confrontamos de manera individual, sin perspectiva, a veces nos puede dar la sensación de que el mundo se ha vuelto completamente loco, de que aquí no cabe un tonto más y de que el fin de la especie está cerca.

La visión desde un poco más arriba, tratando de ver la canoa entera y no sólo uno de los remos, no nos evita tener que lidiar con según qué personajes en nuestro día a día pero nos puede aportar algo más de serenidad y perspectiva.

Y esto nos lleva al punto realmente importante del post de hoy. Una de las situaciones más habituales en cualquier organización es mirar a los jefes o a los que han llegado más lejos que nosotros y decir: “ese no tiene ni puta idea”. Normalmente concluimos que ha llegado a su posición por suerte, por enchufe o por cualquier otro factor relacionado con la falta de meritocracia.

No digo que no pueda ser así pero lo que yo he intentado hacer toda la vida es tratar de abstraerme, desconectar temporalmente mi cerebro reptiliano y estudiar los casos uno a uno de la forma más analítica posible. Incluso en el caso extremo de que, efectivamente, “ese no tuviera ni puta idea”, la conclusión que sacaría inmediatamente es que en ese trabajo en concreto no se necesita tener mucha idea para triunfar (a diferencia de un piloto de avión o un cirujano, por ejemplo) y entonces me preguntaría: ¿qué hace falta entonces?

Cuando a uno le cae muy mal alguien por la razón que sea, es muy difícil ser quirúrgico y preciso en el análisis, no digamos reconocer sus posibles virtudes: “¿Juanito? Ese es un gilipollas y un lameculos” (excuse my French).

Mi sugerencia es hacer de tripas corazón y analizar de la forma más objetiva posible otras cualidades de Juanito aparte de las ya expuestas: “¿habla bien en público?”, “¿habla bien idiomas?”, “¿es comercialmente bueno?”, “¿es hábil en términos políticos?”, “es un workaholic, produce resultados y eso es valorado por sus jefes?”

Si luego la respuesta es que la suerte o el enchufe son responsables del 90% pues nada. Pero en mi experiencia los porcentajes de suerte, habilidades y condiciones de contorno están mucho más repartidos.

Creo que analizar bien la situación profesional de cada participante (jefe, competidor o incluso enemigo declarado) y el contexto en el que opera nos puede servir para: 1) tomar distancia y relativizar el hecho de que nos tengamos que tragar a diario a ciertos personajes al darnos cuenta de que su existencia puede tener un cierto sentido después de todo (sé que es un consuelo muy marginal pero menos da una piedra); y 2) obtener información valiosa sobre potenciales aspectos a mejorar para tener éxito.

O incluso para no tenerlo si ello implica algo que vaya en contra de nuestros valores pero al menos eso ya dependería de nosotros, nos daría el control de la situación. Nuestra posición sería elegida y aceptada frente a la clásica perplejidad que tantas veces he escuchado de “no entiendo nada, he cumplido con todo y no me promocionan ni me pagan”, que yo traduzco como “ni siquiera conoces las reglas del juego en el que estás metido”.

Propongo a mis lectores habituales y clientes el siguiente ejercicio: pensar en la persona (jefe, competidor, quien sea) que en vuestra opinión ocupe su actual posición de forma más injusta y tratar de encontrar cinco cualidades que puedan ser valoradas en el contexto de vuestro entorno laboral. Ojo, digo cualidades, no “es un especialista en hacer la pelota” ni cosas así.

Después comprobar si vosotros las tenéis o podríais trabajar en mejorarlas. Sé que puede ser incómodo porque no hay nada más humano ni más cómodo que descalificar al adversario de forma global y sin matices, pero estoy convencido de la utilidad de este ejercicio.

Alternativamente, y de forma más genérica, elegir entre Pablo Iglesias, Santiago Abascal, Pedro Sánchez, Pablo Casado y Albert Rivera al que más rabia os dé, y tratar de identificar sus virtudes y puntos fuertes. Según cómo sea el feedback que muchos de vosotros me enviáis habitualmente elegiremos a uno de ellos y lo analizaremos aquí.

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