La loca de la casa

En el entorno laboral nos encontramos a menudo con personas obsesivas del control. Jefes (y no jefes) que necesitan: (i) tener todo (y a todos) en el radar; (ii) conocer los detalles de cada operación/proyecto/tarea diaria; (iii) conocer todos los posibles resultados/desenlaces de las situaciones y así anticipar las posibles soluciones a los problemas que surjan; etc.

Obviamente, esta situación crea mucho estrés, angustia y ansiedad, y son muchos los que vienen a vernos para aprender a gestionar ese pequeño “TOC”.

Pero no sólo en su vida profesional, sino también y sobre todo (pues no podemos separar la una de la otra, ni desdoblar nuestra personalidad por mucho que nos cambiemos de disfraz) en la personal.

Aunque la respuesta/solución no es tan sencilla en lo que al trabajo se refiere, en la vida diaria sí lo es.

No podemos controlar casi nada. Punto. Y, desde luego, no podemos controlar a nadie (este es un tema recurrente en nuestras sesiones: la absurda idea de intentar controlar los comportamientos, pensamientos y vidas de los demás).

A primera vista (y sobre todo para este tipo de personas controladoras) esto podría parecer algo descorazonador y frustrante.

Pero no sólo no lo es, sino todo lo contrario. Es totalmente liberador.

En el momento en el que entendemos que el peso del mundo no recae sobre nuestros hombros, somos totalmente libres para enfocarnos en lo único que realmente controlamos DEL TODO. Nuestro pensamiento (1) y, por ende, nuestras palabras (2) y nuestras acciones (3)  (elementos en cadena).

Existe una famosa cita que dice algo así como que “la vida es un 10% lo que te ocurre y un 90% como te lo tomas”. Y no podría ser más cierto.

La forma en la que reaccionamos / nos enfrentamos a los acontecimientos (incontrolables muchos de ellos) hace toda la diferencia entre: gente positiva vs. negativa; personas valientes vs. cobardes; aprendizaje vs. depresión (o derrota); oportunidad vs. fracaso; luchar vs. rendirse; seguir siendo quiénes somos vs. dejar que la vida / los otros cambien nuestros valores o nuestros sueños; etc.

Y eso lo elegimos nosotros. Y digo elegimos porque muchas personas tiran del “yo soy así y no puedo cambiar” para justificar su naturaleza derrotista, pesimista… y sus reacciones negativas a ciertos sucesos de sus vidas.

Elegimos cada día, cada momento, a cada paso, en cada decisión, en cada reacción… quiénes somos, quiénes queremos ser, y qué papel adoptamos en nuestras vidas (víctima, verdugo, activo, pasivo, líder, seguidor, protagonista, extra…).

Y todo eso empieza por elegir qué pensamos: qué pensamientos alimentamos y cuáles desechamos por tóxicos, dañinos o estériles.

Obviamente, el entrenamiento de nuestra mente para la selección y promoción de pensamientos a nuestro favor requiere mucho esfuerzo y mucha disciplina. Lo mismo que hacer deporte, ponerse a dieta o dejar de fumar. Especialmente al principio y hasta que se convierta en una rutina automatizada.

Existe, no obstante, un truco muy utilizado en coaching que recomendamos a menudo a nuestros clientes: invertir el orden de la cadena.

Es decir, empezar por modificar (1) nuestro lenguaje (palabras) para engañar a (2) nuestra mente (pensamientos) y así acabar actuando (3) de la manera más productiva/positiva para nosotros.

Las palabras, como hemos dicho en otras ocasiones, tienen muchísimo poder, no sólo sobre los otros (podemos motivar o destruir con una sola frase), sino también sobre nosotros mismos. Nuestro diálogo (interior o exterior) puede acabar modificando/puliendo nuestros pensamientos y ellos acabarán determinando nuestros actos.

De ahí la popularidad de las famosas afirmaciones de Louise Hay, o los mantras hinduistas y budistas que alguno de nosotros nos escribimos en post its que ponemos en el espejo para recordar cada mañana (otro truco más).

Centrémonos por tanto en controlar a la loca de la casa, y en todo lo que nos decimos, las historias que nos contamos, las críticas que nos hacemos y las presunciones que aceptamos como ciertas.

Y soltemos todo lo demás.

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