La insoportable lluvia fina

“Sabemos que nos mienten. Ellos saben que mienten. Ellos saben que sabemos que nos mienten. Sabemos que ellos saben que sabemos que nos mienten. Y, sin embargo, siguen mintiendo.”

Aleksandr Isayevich Solzhenitsyn

 

Hay determinadas autopistas donde, en tramos de tres carriles, en una recta de seis kilómetros, en días soleados, secos, sin nada de viento, con una visibilidad perfecta y sin absolutamente nada de tráfico a determinadas horas, podría despegar un avión.

Si un conductor circula con su vehículo a 140 km/h por esa autopista donde el límite de velocidad es 120 km/h sabe que está incumpliendo la ley. Ha decidido tomar el riesgo y asume que si es “cazado” por la Guardia Civil tendrá que hacer frente a las consecuencias en forma de multa.

Sabe que su opinión sobre los límites de velocidad es irrelevante. Por más que piense, acertada o equivocadamente, que saltarse el límite de velocidad en un coche moderno, preparado para ir mucho más rápido y con los más vanguardistas sistemas de seguridad (ABS, tracción integral, etc) no supone un peligro real, lo que ha hecho es ilegal y punto.

También intuye o cree saber que, si en el medio de esa recta la DGT ha decidido poner un radar, no lo hace para “velar por su seguridad” (la gran mayoría de los accidentes de tráfico se producen en carreteras secundarias). Intuye o cree saber que lo hace por motivos principalmente económicos.

Esto último no le gusta y no le parece bien, pero puede llegar a entenderlo. Si él no se hubiera saltado el límite de velocidad, ni habría multa ni recaudación. Si la DGT quiere utilizar a los infractores para aumentar sus ingresos, luego invertidos en puntos donde verdaderamente sí es importante evitar los accidentes o sencillamente utilizados para pagar el sueldo de los agentes y ahorrar así dinero al Estado, no deja de tener cierta lógica, se esté de acuerdo con ello o no.

Es la versión institucional del “o multa o bronca” lo que verdaderamente enerva al conductor. Si pudiera, le diría a la DGT: “me he saltado el límite: de acuerdo. Tienen ustedes todo el derecho del mundo a ponerme una multa: de acuerdo. Pero hasta ahí. Todavía no me quieran dar lecciones y convencerme de que lo hacen por mi seguridad.”

Tanto la política como el mundo empresarial están llenos de ejemplos parecidos, donde los ciudadanos son capaces de entender la verdad de las cosas, saben perfectamente cómo funciona el mundo por más que les pueda no gustar o puedan no estar de acuerdo. Lo que no toleran son los intentos de engaño o ser tratados como niños.

Cada uno podrá tener la opinión que le parezca sobre la ley de amnistía actualmente en tramitación por el Parlamento. Éste es un blog de coaching, no de política. Habrá gente a favor y gente en contra.

Habrá quien estando en principio en contra le parecerá un precio a pagar para poder mantener las políticas defendidas por el gobierno o sencillamente para que no gobiernen sus adversarios políticos. Habrá incluso quien estando absolutamente en contra sin matices, entenderá que el gobierno utiliza todos los mecanismos legales a su alcance para perseguir sus objetivos. Se trata sencillamente del juego democrático. Si hay algo contrario a derecho ya lo decidirán los tribunales. Y si no, no hay más que hablar, se esté a favor o en contra.

Lo que para muchos es enervante no es que alguien (en este caso el gobierno) utilice las estrategias legales que considere oportunas para conseguir sus objetivos. Lo que les irrita profundamente es que el mismo gobierno que decía días antes de las elecciones que la amnistía era absolutamente inconstitucional e impensable, la defienda ahora “para mejorar la convivencia entre españoles”.

Igual que el caso de la DGT, mucha gente le diría al gobierno: “entendemos que ustedes hagan lo que les convenga y, nos guste o no, lo aceptamos dentro del juego democrático. Ahora, no nos tomen ustedes por tontos. La DGT no pone el radar en la recta de la autopista por nuestra seguridad y ustedes no toman esta iniciativa para mejorar la convivencia entre españoles.”

Desde hace unos años ya, las políticas ESG[1] constituyen una parte ineludible de la estrategia de cualquier empresa. Incluso las agencias de rating las tienen en cuenta a la hora de determinar sus calificaciones crediticias.

No se trata, pues, de un elemento más de marketing o de que la imagen pública de la compañía se pueda ver más o menos afectada. Hoy en día, las políticas ESG pueden tener una influencia directa en aspectos clave como las condiciones financieras, la generación de ingresos o la captación de talento. En definitiva, sobre el valor de la compañía.

El problema viene cuando una empresa se ve forzada a adoptar este tipo de medidas pero realmente no cree en ellas, dando lugar al denominado greenwashing: toma de medidas “cosméticas”, de cara a la galería pero que realmente no cambian absolutamente nada a nivel interno. El término se empezó a utilizar refiriéndose sólo a la parte del medio ambiente (de ahí lo de green) pero ahora se aplica al ESG en su conjunto.

Este greenwashing tiene a menudo un efecto desmotivador para los empleados. Lo hemos detectado en las sesiones de coaching de un tiempo a esta parte. Muchos de nuestros clientes pueden admitir perfectamente que su relación laboral con la empresa sea el producto de una negociación o sencillamente de las condiciones de mercado: si hablamos sólo de salario, a ellos les gustaría cobrar lo más posible y, a la vez, entienden que la empresa tenga el objetivo de intentar pagar lo menos posible.

Los intereses de partida son contrapuestos y lo ideal es encontrarse en un punto intermedio que satisfaga a ambas partes. Eso no quiere decir llevarse mal o estar en guerra en absoluto. Uno puede ir al bar de toda la vida a desayunar, ser amigo del dueño y los camareros, y no por ello deja de ser cierto que a uno le gustaría pagar lo menos posible y al dueño cobrar lo más posible por el café con leche. Las relaciones entre empleadores y empleados o entre clientes y proveedores, teniendo por definición cada uno de ellos intereses contrapuestos, pueden ser excelentes.

El problema viene cuando se produce un desequilibrio mezclado con el greenwashing. Cualquiera puede entender (no digo gustarle sino entender) que en la negociación para fijar las condiciones laborales, a uno le toque estar en la parte débil por las razones que sean. También puede entender que en la vida hay momentos en los que se puede tener mala suerte; que haya veces en las que nos toque enfrentarnos con injusticias, con jefes mezquinos o con compañeros trepas y poco fiables.

Cuando se dan, cada uno lidia con estas situaciones como puede. Si se tiene una oferta mejor o recursos suficientes, se puede dejar plantada a la empresa. O se puede tratar de cambiar la situación internamente bien denunciando alguna situación inaceptable, cambiando de departamento o de cualquier otra forma.

No obstante, hay veces en las que, como decimos, no queda otra que aguantar mientras tratamos de buscar soluciones. Hay veces en que vienen mal dadas y sólo queda apretar los dientes y esperar que pase la tormenta. Y eso es parte de la vida. Podemos lidiar con eso. Como diría el Coronel Jessup, we can handle the truth.

Lo que no podemos aceptar es que, por ejemplo, nos obliguen a rellenar una encuesta “anónima” de compromiso con la empresa o de satisfacción interna, en la que todo el mundo tenga claro que o salen unos resultados excelentes (mínimo de 9 sobre 10) o habrá problemas. La crítica aquí a la empresa es clara: “ya sé que mi satisfacción les da igual. A fin de cuentas, esto es un negocio y puedo vivir con eso. Lo que no aguanto es que me obliguen a decir que estoy muy contento.”

Todo el mundo sabe que el mundo no es perfecto. Que a veces conviene callar según que cosas y no hablar claro. La gente sabe el mundo en el que vive. Lo que no tolera es encima ver carteles pegados por las paredes de la empresa, en distintos colores e idiomas, diciendo “Habla Claro”, “Speak Up”.

Nada de esto es nuevo, hasta el punto de que la sabiduría popular lo condensa en un par de expresiones que no reproduciremos aquí por decoro, pero que están en la mente de todos. Pista: una tiene que ver con poner la cama y la otra con que alguien quiera que digamos que está lloviendo. Lo diferencial hoy en día no es, pues, la novedad del fenómeno sino el hecho de que cada vez va a más y en muchos más ámbitos.

Nuestro conductor del principio de este artículo no puede más: le acaban de poner una multa diciéndole que es por su seguridad; acaban de decirle en la tele que la ley de amnistía es por su bien y la convivencia entre españoles; y en el trabajo casi lo echan por pedir un aumento de sueldo mientras le conminan a todas horas a hablar claro…

En un capítulo de la primera temporada de Succession (HBO), un trabajador de Waystar RoyCo está viendo en su ordenador un anuncio de la compañía en la que aparecen, sonrientes, trabajadores de todas las razas, edades, hombres y mujeres, mientras por detrás de él sale el Consejo de Administración de su última reunión: todo hombres blancos de mediana edad.

En la siguiente temporada el fundador de la empresa, Logan Roy, forzado por los principales accionistas institucionales a adaptarse a los nuevos tiempos, da instrucciones para renovar el Consejo con tres nuevas incorporaciones: “tienen que ser mujeres, negras, latinas o amarillas, y si se mueven en silla de ruedas mejor…”

Esta es una cuestión que sale cada vez más a menudo en nuestras sesiones de coaching empresarial, sobre todo cuando son en grupo. De hecho, ha habido ya varias compañías que, bien porque realmente les interesa o bien por evitar ser acusadas de greenwashing, nos han pedido asesoramiento.

Nuestra respuesta es clara: tratar a la gente como adultos. Todo el mundo entiende que el objetivo número uno de cualquier empresa y la obligación de cualquier equipo gestor es la maximización del beneficio. Sin hipocresías. Ello no es óbice para que se pueda y se deba actuar de una manera justa, tratando a todo el mundo con respeto, empezando por no mentirles, sin obligarles a aplaudir como en Corea del Norte o a comulgar con ruedas de molino.

Todo está inventado. La sangre, el sudor y las lágrimas de Churchill son el epítome de esta forma de proceder. En esa hora más oscura, no le vendió la moto a nadie. Le dijo al pueblo lo que había y éste se lo agradeció. Los trató como adultos. Esta es nuestra sencilla recomendación. Creemos que quien se atreva a hacerlo tendrá mucho ganado en este mundo en el que da la sensación de que todos nos esforzamos en que nada sea lo que parece.

Efectivamente, mientras muchos de nuestros clientes se quejan de todo esto con razón, resulta que no se han mirado al espejo. Pocas veces suben a las redes sociales fotos del día en que los echan del trabajo, en los que se les muere el padre, en los que están deprimidos o no pueden pagar el alquiler. Todo son fotos sonriendo y en los lugares más exóticos posibles, que se note bien lo felices que somos…

Al final, ni la DGT, ni los partidos políticos ni las empresas vienen de Marte. Forman todos parte de la misma sociedad y son por ello, también, parte de su reflejo. Esta es la verdad incómoda con la que muchas veces empezamos las sesiones para, a partir de ahí, ir buscando poco a poco distintas soluciones a los problemas que se nos plantean.

Si como dicen que decía Sócrates (con esto de las citas, vaya usted a saber), entender una pregunta es la mitad de la respuesta, hacer un diagnóstico certero tanto del contexto interno como externo real es clave en la definición de una estrategia exitosa de evolución y mejora profesional.

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