Escalas de gris

El otro día me mandó Roberto un vídeo muy bueno sin darme más explicaciones que: “no podría estar más de acuerdo”.

El vídeo, en concreto, era un diálogo de una pareja con posiciones aparente e inicialmente encontradas acerca del futuro de su hijo (no digo mucho más para no hacer “spoiler”, pues lo adjunto en este post).

Mientras que el padre afirmaba que su hijo podría ser el próximo Pedro Duque o incluso Neil Armstrong, la madre decía que lo más probable es que no lo consiguiera y que, como ellos dos y la mayoría de los mortales, fuera una persona mediocre (sin connotación negativa de la palabra, sino más bien referido a “en la media”). Y que cuanto antes lo aceptara, menos frustrado y más feliz sería.

Yo, como no, me puse de inmediato del lado del padre. Y respondí a Roberto diciéndole: “Completamente de acuerdo. Qué mono el padre y menuda rancia la madre.”

Pero, como siempre dice Roberto, la vida no pasa por mí y resultó que, una vez más, no me di cuenta de que él se refería exactamente a lo contrario. Su completa alineación con el discurso de la madre que, no por casualidad (¡me envió el vídeo el mismo día y yo no lo relacioné!), coincide con el que tan claramente expuso en su post de año nuevo.

A partir de ahí, y tras las risas iniciales (lerda, mainstream, no te enteras, ¿hay alguien ahí arriba, alguna luz encendida…?), se inició un diálogo entre nosotros, muy similar al del vídeo y con el mismo objetivo: llegar a un punto medio entre su postura y la mía.

Y me di cuenta de una cosa: ni él está en un extremo, ni yo en el otro. Ni él es la persona racional, con los pies totalmente en el suelo y que no espera nada para no defraudarse. Ni yo soy la soñadora sin remedio, que se pasa la vida en las nubes de Jane Austen, el coaching o Mujercitas.

Porque mientras predica las bondades de una mente estratégica y política y unas expectativas y entusiasmo “a raya”, toca el concierto del Emperador con la entrega y el sentimiento que tendría el propio Beethoven (y todo de oído y sin saber música; pura improvisación – si no lo digo, me mata, sobre todo porque a mí me llama “Pequeña Miss Sunshine” cuando me ve tocar el piano concentrada con mis partituras), escribe ensayos sobre el sentido de la vida (y os remito a su post: “Amor, Humor, Bondad y Arte”), y sigue involucrado y entusiasmado como el que más en nuestro maravilloso proyecto de YourBest.

Y mientras que a mí se me llena la boca desde siempre con la poesía y la literatura inglesas, el Hollywood dorado y el ballet de Maya Plisétskaya, elegí estudiar en ICADE, trabajar en M&A Londres, y he acabado dirigiendo el equipo de Relación con Inversores de Renta Fija en Banco Santander.

Con esto quiero decir que, realmente, se puede estar en un punto medio. Ser como un árbol. Con raíces fuertes ancladas a la tierra, porque vivimos en el mundo real, donde hay que lidiar con problemas reales, y gestionar con mano izquierda y sensatez situaciones y personas que no siempre son las ideales.

Y con ramas dirigidas hacia el cielo (lo siento, no se me ocurre una forma menos hortera de poner esta metáfora), siempre con nuevas ilusiones, con nuevos sueños, con ganas renovadas de mejorar y de alcanzar pequeñas grandes metas.

Es decir, que podemos (y, en mi humilde opinión, deberíamos) vivir sin darnos ninguna importancia. Porque ninguno la tenemos en el esquema grande de las cosas (ni siquiera la tiene Einstein), en el absoluto, en el infinito o como queramos ponerlo. Vivir sin tomarnos tan en serio y riéndonos mucho de nosotros mismos. Pero también, y al mismo tiempo, vivir dando toda la importancia del mundo a nuestra vida, al tiempo limitadísimo que tenemos aquí (sin ningún tipo de sesgo siniestro o negativo, creo que tener la muerte muy presente es esencial en este punto), para aspirar a ser la mejor versión de nosotros mismos. Quizás no aspirar a ser Nadal, o Mozart, o Steve Jobs, porque, estoy de acuerdo con Roberto en que ellos son la excepción.

Pero sí a ser mucho mejores cada vez. A competir con nosotros mismos. A seguir siempre avanzando, hacia adelante como profesionales, como artistas, como aprendices, como personas, como padres, como amigos, … Como lo que quiera que elijamos establecer como prioridad y meta en nuestra vida.

Porque sin eso, sin metas, sin ilusiones, sin propósitos, sin objetivos… la vida sencillamente es intransitable. Soñar (con cabeza) e intentar superarse (a uno mismo, no al de al lado) son simplemente cuestiones de supervivencia.

Comments
  • Pablo Ruiz de Velasco
    Responder

    Sois unos cracks los dos Bea
    Me ha encantado

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