El Embudo

Nosce te ipsum (Conócete a ti mismo).

Inscripción en el templo de Apolo en Delfos.

 

Es sabido que el objetivo de nuestro cerebro no es que conozcamos verdad alguna sino simplemente protegernos y que estemos lo mejor posible. Y si para protegernos tiene que deformar la realidad y convencernos de que lo blanco es negro lo hará sin contemplaciones.

Por eso, para analizar determinadas situaciones que nos preocupan y ser capaces de avanzar en la dirección que desearíamos, tenemos que tomarnos el trabajo de intentar quitar todas esas pantallas que el cerebro nos pone delante e intentar encontrar la verdad sobre nosotros mismos. Ello puede implicar reconocer cosas que nos gustarían que fueran de otra forma pero, a cambio, incrementa las posibilidades de tomar decisiones acertadas en el futuro.

A estos efectos, un ejercicio habitual que suelo realizar con mis clientes es preguntarles qué querían ser de niños, con diez o doce años. Es habitual que un niño sueñe con ser futbolista o tenista pero ninguno sueña con ser árbitro o juez de silla. Pueden soñar con ser cantantes o guitarristas pero no encargados de las mudanzas de equipos musicales.

¿Por qué admiramos a los deportistas, actores o músicos? ¿Por la fama y el dinero? Seguramente algo habrá de eso. Pero sobre todo porque han conseguido llegar a la edad adulta haciendo lo que cualquiera de niño querría hacer. Es como si hubieran conseguido escapar de la realidad y pudieran pasarse la vida jugando a la pelota, tocando la guitarra o haciendo teatro en un escenario. El sueño del eterno Peter Pan.

Al principio, cuando somos niños y todo lo que tenemos por delante son expectativas, casi todos nos parecemos: yo recuerdo haber querido ser futbolista, baloncestista, pianista, taxista (me parecía fascinante poder pasarme el día conduciendo), médico, bombero, arqueólogo, astronauta,…

A partir de ahí, el embudo se empieza a cerrar a base de elecciones forzosas y decepciones varias. En algún momento comprendes que no vas a poder jugar en el Real Madrid. Después, siendo aún un niño, tienes que elegir entre ciencias o letras, cuando lo normal es que no te gusten especialmente ni unas ni otras.

Cuando eres todavía un adolescente tienes que empezar a pensar en la carrera. Puede que tengas vocación de médico, arquitecto o ingeniero y encima valgas para ello. Pero también puede ser que no tengas una vocación demasiado definida y optes por alguna carrera “comodín” tipo Derecho o Empresariales (obviamente excluyo de este grupo a los abogados o economistas vocacionales).

En todo caso, con independencia de la mayor o menor vocación con la que hayas realizado tus estudios, luego queda la jungla del mercado laboral, sobre todo cuando se empieza. Uno se mete en donde puede y gracias. Y así, poco a poco, se va eligiendo, se van descartando posibilidades, se van eliminando las opciones y, por seguir con el ejemplo del principio, uno acaba de juez de línea de segunda división en vez de delantero centro titular de la Selección.

Por desgracia, este patrón no se circunscribe sólo a la vida profesional. En la personal, también uno de joven puede no acabar de decantarse entre Claudia Schiffer, Julia Roberts, Brad Pitt o George Clooney, para acabar con Angelita la del quinto con la que coincidía en el parque o con Jose el de la clase de al lado. Como dice Bruce Springsteen en Tougher than the rest, “I learned you get what you can get”.

Llegados a este punto, tengo que hacer una aclaración para que mi socia, firme creyente en el amor verdadero y el idealismo a todos los niveles, no me expulse de la empresa. Estoy exagerando un poco para poder ilustrar mejor a dónde quiero llegar: el hecho innegable de que cada opción vital o profesional que se elige implica desestimar muchas otras y que, en no pocas ocasiones, las decisiones vienen además impuestas por las circunstancias.

Bien. Asumamos, para poder continuar con el hilo argumental, que nadie querría (y mucho menos soñó con) ser enterrador o funcionario de prisiones. Aquí que cada cual ponga una ocupación a la que quizá llegó por el peso de las circunstancias pero que nunca buscó y que no le gusta especialmente (auditor, contable, cajero, jardinero, albañil, profesor,…).

Yo me he solido encontrar con dos grandes bloques de reacciones, una no inteligente y otra inteligente:

  • Reacción no inteligente: convertirse en una persona amargada, negativa, nube negra y necesitada de buscar vías de escape (la bebida, el juego, hacerse del Atleti…).
  • Reacción inteligente: buscar lo positivo de cada situación. Los clásicos “no hacer lo que te guste sino conseguir que te guste lo que hagas”, “ver la botella medio llena”, “yo no pongo ladrillos, yo estoy construyendo una catedral”, etc.

La opción 2 es la ideal pero hay que tener cuidado: llevada al extremo puede derivar en conformismo y, a medida que pasa el tiempo, en pérdida de opciones de futuro.

Yo, cuando empecé a trabajar, no tenía la menor idea de lo que era la banca de inversión. Conseguí unas prácticas en un departamento bastante deprimente. Cuando tuve la suerte de pasar a un área más atractiva no tenía la menor idea de lo que se hacía allí y el análisis de mercados financieros, donde acabé siendo responsable global, no sabía ni lo que era.

Este proceso de optar por una vía específica desechando las demás presenta el agravante de que a medida que te vas especializando se van reduciendo las opciones de hacer algo diferente. Existe el riesgo de que el embudo se vaya estrechando más y más, y acabes ahogado en una línea de elecciones resultante de los innumerables descartes que has ido realizando.

Por eso, en mi opinión, a medida que pasa el tiempo y el embudo se estrecha, es clave volverlo a abrir otra vez, a través de nuevas iniciativas profesionales o personales. Es clave tener aficiones, proyectos pendientes, ilusiones… y valor (de ahí lo de conocerse a uno mismo y ser capaz de identificar qué es lo que realmente nos gustaría hacer). Sentir una y otra vez los nervios y la excitación de estar empezando algo (personalmente, no me siento en absoluto al final de mi carrera en el Santander sino al principio de la de YourBest).

Así que, ahora que empieza 2019, me permito una recomendación a nuestros lectores y clientes más allá de los clásicos ir al gimnasio o aprender inglés: coger un papel, dibujar el embudo resultante del árbol de decisión de las decisiones profesionales y pensar en formas de incrementar el número de opciones otra vez, de abrir el embudo. A partir de ahí, empezaremos a trabajar.

Feliz año a todos (ver vídeo).

Comments
  • Javier Canseco
    Responder

    Muy bueno el símil con el embudo. Cuantas más salidas u opciones tengas, mejor, para cuando cambie tu situación profesional personal.

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