Editorial

José murió con 74 años después de más de diez años con cáncer. Durante ese tiempo no todo fueron momentos malos. No es inhabitual que en estos casos haya periodos de recuperación e incluso de momentánea superación aparente de la enfermedad antes de las temidas recaídas. El último año sí fue malo, con dolores constantes, miedo y sensación de incomprensión proveniente de sus seres queridos que, no obstante, se desvivían por él.

¿Por qué entonces la sensación de incomprensión? Cualquiera que por desgracia haya tenido a un familiar, amigo o conocido con cáncer sabrá que los médicos siempre hablan de la importancia de luchar y de mantener una actitud positiva.

Esto es particularmente importante en los primeros momentos, como rearme moral para iniciar una lucha que idealmente acabará con la superación definitiva de la enfermedad. Sin embargo, en los casos en los que por desgracia no se consigue, en la parte final, cuando la pérdida de la batalla definitiva parece sólo cuestión de tiempo, toda esa actitud positiva por parte de los demás puede volverse contraproducente.

José, en los meses previos a su muerte, tenía unos fortísimos y constantes dolores en las articulaciones. Había perdido apetito, peso, fuerzas y ánimo. Lo que no perdió nunca fue la vista ni la capacidad de analizar cabalmente la imagen de sí mismo que le devolvía el espejo.

Por eso la bienintencionada ristra de frases del estilo “qué buen aspecto tienes hoy”, “vamos, ánimo, que esta batalla la vamos a ganar”, “pero si estás hecho un chaval”, “anda, calla, que nos vas a enterrar a todos”… volvían loco a José y le hacían sentirse terriblemente solo. Se decía “pero ¿qué dicen? ¿no ven que me estoy muriendo, que no soporto el dolor y que esto ya no lo arregla nadie? ¿Por qué no me comprenden?”

Uno de sus hijos se comportó de manera diferente. Le iba todas las noches a ver, a hablar con él, a animarle y abrazarle. Pero con un mensaje diferente que a menudo empezaba así: “Papá, estás jodido. Qué mala suerte y qué putada lo que estás pasando”. José experimentaba un gran alivio al escuchar estas palabras ciertamente nada alentadoras pero que hacían que se sintiera comprendido, que no estaba solo y que el mundo no se había vuelto completamente loco alrededor de él.

Tras estas palabras de dura pero necesaria introducción, una vez establecida la conexión de comprensión y complicidad con su padre, entonces el hijo redondeaba la faena hablándole de lo buen padre que había sido, del ejemplo que había sido para él y para todos sus hermanos, le daba las gracias por la educación recibida, le aseguraba que la familia permanecería siempre unida y apoyándose unos a otros, le preguntaba por su juventud, por cuestiones de actualidad, de política, de deportes, recordaban anécdotas divertidas, le pedía consejo sobre esto o aquello,…

El hijo conseguía de esta forma que su padre se sintiera querido y apoyado pero también comprendido y tratado como a una persona normal y útil, tanto por la parte de sus logros vitales como por la de los consejos de futuro.

En una esfera obviamente distinta, estas dinámicas son las que nos hemos encontrado muchísimas veces en el mundo del coaching y el mentoring, donde la descripción de una realidad a menudo nada inspiradora cuando no directamente terrible se sustituye con frases dulzonas y empalagosas tipo “creer es crear” y todo tipo de mensajes de autoayuda.

Como si hubiera recetas mágicas para enfrentarse a unos jefes explotadores, egoístas e injustos, a unos compañeros trepas y mezquinos y a unos entornos laborales, en definitiva, muchas veces tóxicos. Situaciones que, por lo demás, siempre han existido pero que últimamente se ven agravadas por la proliferación de “espacios abiertos”, “políticas de ausencia de despachos”, sillas y mesas de colores, y mensajes “inspiradores” en las paredes. Cornudos y apaleados.

Esta fue la razón por la que surgió YourBest. En primer lugar, para conectar y ofrecer comprensión a mucha gente que se siente igual de incomprendida que José con su cáncer: “pero si mi entorno laboral es el que es ¿por qué el relato oficial habla de poco menos que el paraíso en la tierra? ¿Se estarán riendo de nosotros? ¿Por qué proliferan las encuestas anónimas de clima laboral por parte de muchas compañías con el objetivo de conocer la realidad de los trabajadores y luego resulta que éstos reciben presiones para votar favorablemente en esas mismas encuestas?

Esa fase de descripción sincera de la realidad adquiere mucha más credibilidad y precisión si se ha sido cocinero antes que fraile. Por eso creemos, si no imprescindible, sí altamente beneficioso tener muchos años de experiencia laboral en grandes empresas y conocer el percal de primera mano.

Conocemos, entendemos y no negamos el hecho incontestable de que el mundo corporativo multinacional no está lleno de unicornios ni de osos amorosos y que, desde luego, navegarlo requiere, no sólo esfuerzo y aptitudes intelectuales y sociales, sino también cierta actitud abierta y mucha mano izquierda.

Dicho todo esto, igual que en el caso del hijo de José, la segunda parte de la película es lo que realmente marca la diferencia. Qué se puede hacer de forma realista para revertir la situación. Qué trampas hay que evitar. A cuántos saboteadores (a veces nosotros mismos) debemos eliminar. La buena noticia es que una determinada situación laboral, por complicada que sea, no suele llegar a la gravedad del cáncer. Aquí sí tenemos armas y elementos que nos pueden ayudar a influir y moldear nuestro futuro. Optimismo pero realista y pragmático, si es que tal cosa existe y no es un oxímoron.

Por todo ello, creemos firmemente que, sin buenismos artificiales y llamando a las cosas por su nombre (papá, estás jodido”), el coaching es una disciplina muy necesaria tanto a nivel individual (el auténtico conocimiento y gestión de uno mismo), como corporativo. De ahí que a la experiencia laboral unamos formación específica, incluyendo certificación oficial internacional y muchas horas de vuelo en coaching personal y sistémico.

Por desgracia, tener un mínimo conocimiento de la materia ya es en sí mismo un factor diferencial teniendo en cuenta que hoy en día cualquiera que haya asistido a una clase de mindfulness o de yoga, y sin haber trabajado en una empresa en su vida, se auto denomina coach (las burbujas no son sólo inmobiliarias o financieras). Si no, no estaríamos aquí.

Hemos hablado hasta la saciedad de la importancia de las habilidades relacionadas con la inteligencia emocional en un mundo de cambios rápidos y constantes. Y, sin duda alguna, el liderazgo, con todas sus ramificaciones, es la más importante de ellas.

Por eso, cuando algunos clientes no han hablado desesperados de la frialdad/crueldad/falta de empatía de jefes o compañeros, lejos de decirles “busca la bondad en su interior”, les hemos dicho “acéptalo y responde. No apeles a una sensibilidad que, te guste o no, no tiene. Apela a su egoísmo – bonus, evaluación, etc. Sé duro, implacable, fuerte. Y valiente.” Lamentablemente, en ocasiones hay que aceptar que, como decía Churchill sobre Hitler, no se puede negociar con un tigre.

Y cuando otros nos han preguntado confundidos por qué no encontraban trabajo a pesar de ser súper honestos y naturales en las entrevistas, lejos de aplaudir que confiesen sus dudas y miedos a un entrevistador, les hemos instado a hacer un cambio de imagen. A comportarse o fingir ser personas absolutamente seguras de sí mismas, sin titubear, sin dejarse intimidar, y transmitiendo con gestos y palabras aplomo y tranquilidad. A analizar al entrevistador y tratar de encontrar qué le pueden aportar para apuntarse un tanto con la contratación.

En definitiva, a no perder nunca nuestra esencia ni faltar a nuestros valores pero sin mostrar debilidades ni entregar armas que se puedan usar en nuestra contra. Ni en una entrevista de trabajo, ni el día a día laboral ni, en realidad, en ningún ámbito de la vida.

Ha quedado claro que en YourBest no nos gustan mucho las típicas frases del mundo del coaching tradicional. Pero si nos forzaran a hacerlo huiríamos de pensamientos tipo “el éxito es una decisión, no un regalo” (?) y optaríamos por algo como “Analiza la situación como Descartes, diseña la estrategia como Maquiavelo, sueña como Julio Verne, ten la ética que te enseñaron tus padres y ejecuta como Steve Jobs”.

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